Reflexión

Una semana con los abuelos: nuestra experiencia

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Lleva tiempo sin escribir y es que tengo épocas en las que los cursos me llenan hasta el punto de no tener tiempo para escribir en esta bitácora, pero mantendré este espacio, eso seguro.

Y es que quería contaros cómo ha sido nuestra experiencia en eso de dejar a los niños con los abuelos.

Nuestra situación

Vivir a 200 kilómetros de ellos tiene cosas positivas y cosas negativas, como todo en esta vida.

En este momento de mi vida, con tres niños pequeños y viviendo en un pueblo de Madrid sin familia a menos de 30 kilómetros, reconozco que eso de tener a los abuelos cerca es un desahogo en muchas ocasiones.

Sí, muchos me diréis que es un desahogo en ocasiones y que ahogan en otras tantas. Lo sé. Pero creedme cuando os digo que esta Navidad, cuando noté a Lucía con fiebre y llamé a mi madre –que vive a 30 kilómetros-, la tranquilidad de tener una mano que te ayude en un momento así, no tiene precio.

Y eso que nosotros, personalmente, creo que somos unos privilegiados que tenemos amigos a nuestro alrededor de los de verdad. De esos a los que les puedes dejar a los niños porque te vas a dar a luz. Sí, de esos.

La cosa es que este verano, al comenzar las vacaciones escolares, nos fuimos a ver a los abuelos que viven lejos durante el fin de semana y Álvaro pidió quedarse con ellos. No llevábamos ropa suficiente, la verdad, pero tras meditarlo su padre y yo, nos pareció bien atender a su petición, así que se lo comunicamos a los niños, Diego se apuntó como el que más, y luego, en la comida, se lo dijimos a los abuelos.

¿Y qué pasó entonces?

Pues que Álvaro, al ver que le aceptábamos su propuesta, se echó para atrás, se dio cuenta de las consecuencias de pedir –y es que te pueden decir que sí-.

Así que nos volvimos todos para casita con la maleta, peo yo, personalmente, me quedé con el run-run en la cabeza. ¿Sabéis por qué? Porque toda mi infancia y adolescencia veraneaba en mi pueblo, con mis abuelos y mi yaya. Allí hice amistades, me reí, lloré, canté, bailé, jugué y tuve libertad.

Sí, esa libertad que no puede proporcionarte un piso en Madrid ni un entorno lleno de coches y circulación.

Y es que el pueblo hace que todos sean tribu, que todos te conozcan y sepas “de quién eres”, te permite relacionarte con personas mayores, con personas adultas, con jóvenes, con niños…

Y eso ha quedado grabado en mí.

Mis padres, que en su momento decidieron casarse jóvenes y apostar por ser padres jóvenes, lograron que mis abuelos y mi yaya nos disfrutaran sin ser excesivamente mayores. Que pudieran consentirnos y educarnos mientras íbamos y veníamos de la piscina a la plaza, bocadillo en la mochila y mucha ilusión en los ojos.

Pero claro, ahora viene la parte B de tener padres jóvenes: siguen en activo. Vamos, que trabajan. Y siendo autónomos pues os imagináis el percal.

Ser abuelos jóvenes mola, pero ellos aún tienen que trabajar y así de los nietos se disfruta menos.

Mis suegros no tienen el problema de la edad. Ya están jubilados y pueden dedicarse a los nietos. La pregunta es “¿hasta cuándo?” Los años pasan para todos…

Así que mientras reflexionaba con mi marido sobre este tema, Álvaro se volvió a lanzar a la piscina y volvió a proponer. Su hermano se apuntó nuevamente y preparamos la maleta a conciencia. A conciencia para que no necesitaran lavar ropa en la semana que iban a estar.

Volvimos a ir el fin de semana y les dijimos cuándo nos iríamos y cuándo volveríamos. Cinco deditos de una mano que representaban los cinco días de la semana, “y el gordito viene mamá”.

El domingo dormimos a los niños la siesta mientras le recordaba que nosotros nos iríamos y que el viernes estaríamos de vuelta. Reconozco que solté alguna lagrimilla mientras me despedía de ellos en lo que Murphy les visitaba.

Mis niños se hacen mayores y van tomando sus decisiones, aunque aún las consultan con nosotros.

Las consignas con mis suegros fueron muy simples:

  1. Nosotros no íbamos a llamar. Si los niños nos echaban de menos o querían hablar con nosotros, preferíamos que fueran ellos los que lo hicieran.
  2. Si en algún momento decían que querían volver, no había ningún problema.
  3. Disfrutad. Olvidad el móvil, los WhatsApp o los vídeos, lo importante es que los tenéis aquí y ahora.

La experiencia

Los niños disfrutaron, como era de esperar, aunque a partir del jueves ya nos iban nombrando con más frecuencia.

El nivel de chocolate, trina y demás azucares añadidos tuvo que ser la caña, pero ojos que no ven, corazón que no sufre.

Nosotros estuvimos bien, muy bien. El domingo la casa se nos hacía grande –siendo muy pequeña-, pero Lucía aprovechó su semana de hija única para hacérnosla muy llevadera.

Al verlos con esos ojillos fue genial. Todo nos lo querían contar, todo lo que les decíamos les iba bien y me sorprendió que Álvaro me dijera “el domingo nos vamos todos juntos, ¿vale?”.

No significaba que hubiera estado mal ni mucho menos, pero nos había echado de menos, mucho.

Se adaptan, evidentemente, pero todavía nos necesitan para estar tranquilos y seguros. No los pudimos dejar en mejores manos, pero sus padres son sus padres y la distancia también les ha hecho ver lo necesarios que somos.

¿Habrá más semanas así?

Seguro. En cuanto nos lo pidan nuevamente volverán a irse con los abuelos y si mis padres cogieran días y les apeteciera, disfrutarían de “otro tipo de verano”, más relajado.

Además, lo bueno del pueblo es la tranquilidad que tiene y que da. No significa que tengan las puertas abiertas –aunque mi yaya las mantiene abiertas-, pero sí que es cierto que esos veranos que pasé aquí los tengo grabados en mi corazón.

Comía mucho helado, mucho bocata de nocilla, de chorizo y demás cosas que hoy no me atrevería dar a mis hijos de diario ni loca, pero los abrazos de mis abuelas no me los quita nadie –y esos, no engordan-.

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