Crianza Reflexión

Los abuelos y la Navidad

Las Navidades son una época del año en el que, personalmente, echo de menos a los que me faltan. Será que me voy haciendo mayor, o que, desde que pasé al escalón de madre, veo más cercano ese momento en el que me toque partir y decir adiós. También puede ser que me he vuelto más sensibledesde que soy madre y quizá, más consciente de que el tiempo pasa para todos, y recuerdo con cariño y nostalgia los momentos vividos en la infancia.

Durante unos años la Navidad ha sido un momento del año en el que nos hacíamos regalos pero que no tenía ninguna connotación para mí, sólo la puramente consumista, para qué negarlo.

Desde que nació Álvaro he vuelto a recuperar la alegría y el entusiasmo por esta época navideña. Ahora, con Diego también en nuestras vidas, tenemos más ganas e ilusión por este momento del año.

Y pienso en las comidas navideñas en casa de mis abuelos, todos juntos en la mesa. Riendo y haciendo monerías todos los primos. Las comidas en casa de mi otra abuela en la que también me juntaba con primos y tíos y reíamos… ¡Qué momentos!

Los vives sin ser consciente de que tienen fecha de caducidad. Afortunadamente, como niño que eres, todo lo vives con una intensidadcaracterística. Ríes hasta llorar y lloras hasta reír. Haces reír a los tuyos con tus ocurrencias, disfrutas de los manjares preparados con cariño y esmero por tus abuelas, tías y hasta tu madre. Son momentos que quedan grabados en tu retina y en tu corazón. Y cuando te haces mayor, esos recuerdos vuelven a tu mente y, sin querer, en la cena de Nochebuena, mientras miras a tu hijo, sonríes.

No sé si le pasa a todo el mundo. No sé si todos habremos tenido una infancia medianamente feliz, pero lo que sé es que siempre me he sentido muy rodeada de amor siendo una enana. Tíos, abuelos, primos, padres… tenemos fotos navideñas y siempre salimos sonriendo, disfrutando… y me da tanta alegría.

Ahora me toca el papel de madre e intento que mis hijos también tengan experiencias positivas y de afecto con la familia. Los regalosmateriales se rompen, se pierden, se estropean… sin embargo, los besos, las caricias, las palabras de cariño, los gestos e incluso tu comida preferida hecha por tu abuela, permanece para siempre en ti. No creo que haya un regalo mejor.

Y, aunque hay momentos en los que desearía estar en casa y no salir de ella por no hacer maletas y tener ropa acumulada a la vuelta, agradezco enormemente el tiempo y el cariño que la familia nos dedica y, especialmente, dedican a mis hijos. Creo que serán momentos y experiencias que recordaran al ser mayores.

Como os decía el otro día, la felicidad es mayor según el número de personas que la sienten. En fin, que el año se aproxima a su fin y es momento de reflexionar, de hacer introspección y valorar lo que tenemos, agradecerlo que la vida nos da y cambiaraquello que nos hace sufrir.

El tiempo no corre, ¡vuela! La vida está para vivirla y debemos disfrutarla. Más que nunca en Navidad recuerdo a mi abuela y pienso en lo que hubiera disfrutado viendo a mis hijos. Afortunadamente me queda una abuela que se encarga de recordarles lo feliz que es de verlos y poder abrazarlos y verlos bailar. Me resulta tierno y enriquecedor ver que, en la recta final del camino, si has envejecido sabiamente, habrás aprendido a quedarte con lo importante, a querer a los tuyos incondicionalmente y a celebrar cada momento como un regalo.
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