Dejar de fumar, un reto que se puede hacer realidad

Hace tanto tiempo que dejé de fumar que, a veces, solo a veces, pienso en cómo era capaz de ponerme un cigarrillo en la boca, y eso que, hay días, que firmaría tener 10 minutos seguidos para mí.

Todo tiene un momento, un lugar, un espacio y un tiempo, sin duda. Y el mío como fumadora, afortunadamente, para mí y para mi familia, terminó.

Mis comienzos con el tabaco

Empecé a fumar como casi todos: por la tontería, por querer crecer, por parecer algo que no era. Y, sin darte cuenta, te ves comprando cuatro cigarrillos en el chino que te duran una semana o dos.

Luego, poco a poco, empiezas comprando un paquete de tabaco a medias con tus amigos. Hasta que terminas comprándolo para ti sola.

Te escondes, sabes que eso no está bien, que a tus padres no les gustaría enterarse, y ahí te lavas los dientes con más frecuencia que nunca, comes chicle a todas horas -como si se pudiera disimular el olor que impregna tu pelo, tu ropa, tu esencia con un chicle mentolado-.

No engañaba a nadie, pero creía que sí.

Con los años he aprendido que, en muchas ocasiones, nuestros padres nos han querido tanto que han preferido “hacerse los tontos” a sacarnos los colores. ¿A quién creía que iba a engañar? Mis padres también habían tenido mi edad -además, al ser padres jóvenes, no hacia tantos años que habían estado en el mismo punto en el que yo me encontraba-, pero que “lista” me creía y que tonta era.

El cigarro se convirtió en mi compañero de frío, ese con el que encoges la espalda, los brazos y el corazón en el invierno mientras aspiras el humo que destroza tu cuerpo.

Y, sin embargo, pensaba que me relajaba, que me permitía desconectar.

Hoy sé -como entonces sabía porque había información a mi alcance, pero estaba lo suficientemente enganchada para no querer escuchar- que es droga, que altera tu cuerpo y que no relaja nada, es un excitante de hecho como el café o el té.

La decisión de dejar de fumar

Aunque era jovencita sabía que tenía que dejar de fumar, que no me gustaría que mis hijos me vieran con un cigarro en la boca, quería ser un espejo en el que se mirasen y vieran salud y valores asociados a cuidar sus cuerpos como si de templos se trataran.

Me quedé embarazada de Álvaro, tenía entonces 23 años camino de 24, cuando dejé de fumar. Instintivamente mi cuerpo rechazó muchas cosas: el tabaco, el café, la leche…

Había leído hacía tiempo el libro de “Es fácil dejar de fumar si sabes cómo” pero no había funcionado conmigo. No porque el libro no diera argumentos suficientes como para dejar de fumar; es que yo no quería dejar de fumar, estaba enganchada y no tenía un motivo de peso para dejarlo.

La salud, cuidar de tu cuerpo es importante, pero con veinte años te crees invencible e inmortal. Cuando tuve el positivo entre mis manos encontré el motivo para dejarlo. Mi hijo crecería libre de humo, dentro y fuera.

Dejé de fumar, sin más. De repente salieron todos los argumentos que había leído sobre los riesgos de fumar durante el embarazo: tener niños con bajo peso al nacer, síndrome de abstinencia, problemas de desarrollo en los pulmones, enfermedades que darán la cara años después…

Si os dijera que me costó dejar de fumar os mentiría. No me costó. No quería fumar y tenía un motivo fundamental para no hacerlo: mi hijo.

Hubo quien me dijo que muchas mujeres dejan de fumar durante el embarazo, pero luego, al dar a luz, vuelven a retomar el mal hábito.

No sabía que pasaría luego y no me preocupé en ningún momento. Álvaro nació y yo no volví a fumar. Simplemente, no encendí ningún cigarrillo. Nunca he jugado a encenderle el cigarro a un fumador. Nunca he “tentado” a la suerte.

Y ahora, ¿cómo vives?

Huyo del tabaco todo lo que puedo: por mí, por mis pulmones, por mis hijos, por mi ropa…

No me gusta permanecer con gente fumadora mucho tiempo y no me gusta la poca delicadeza que pueden tener de fumar delante de los niños como si fuera algo normal y sano. Siempre he pensado que nos escondemos para hacer el amor y, sin embargo, para hacer la guerra -o cosas perjudiciales- lo hacemos de cara al público.

Hoy puedo deciros, después de tres hijos y casi seis años sin fumar, que soy más libre que cuando fumaba. Mi marido aguantaba estoicamente que pasáramos a restaurantes en los que se podía fumar para que yo pudiera tener la opción de encender el cigarro. Fue tolerante hasta que llegó un momento en el que dejó de ser tolerante con los intolerantes. Porque yo era intolerante. Nunca permitía estar en un sitio en el que no pudiera fumar. “¿Dónde estaba mi derecho a decidir?” -pensaba. Pero, ¿dónde estaba el derecho a respirar el aire limpio de los que no fumaban?

Así que sí, hoy soy más libre y mis hijos, afortunadamente, respiran aire puro. Tenemos una pequeña guerra con el tío y la tía, a ver si pueden librarse de este vicio y hacerse -y hacernos- libres.

El tabaco mata, no hace falta que lo diga. Es una realidad que está ahí. Se puede vivir sin tabaco perfectamente. Y si crees que ha llegado tu momento, no enciendas ese cigarro.

Tendrás salud hoy y mañana. Yo te cuento mi experiencia. Casi seis años después, digo que me acuerdo del cigarro cuando estoy hasta arriba y desearía tener diez minutos para “escapar”, pero realmente no lo quiero. No quiero un cigarro en mi vida. No quiero una vida unida al tabaquismo.

Hoy me arrepiento muchísimo de los cigarros que me fumé y si pudiera hablar con la Ely que encendía ese primer cigarro le diría “no lo enciendas. Sé libre de esta droga. Disfruta con la vida y cuida tu cuerpo”.

Si este post sirve para que alguien, una persona, piense y reflexione sobre el tabaco en su vida; y más aún, si le impulsa a dejar este hábito, será genial haberlo escrito y publicado. Y, si queréis contarme vuestras experiencias con el tabaco -y con dejar de fumar- os leeré en los comentarios.

Por si queréis el libro que he mencionado y otros que he encontrado haciendo mi búsqueda personal, os dejo algunos enlaces directos de Amazon.

Un abrazo grande y mucha fuerza en este camino sin humo :)

Ely

Ely

El post de hoy ha llegado hasta aquí, pero puedes dejar tu comentario para ayudarme a crecer y a aprender contigo. Recuerda que un blog se nutre de ellos :) Espero volver a verte por aquí y ¡feliz día! Nos vemos en las Redes Sociales

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